La cuántica como condición de posibilidad para una nueva interpretación filosófica de lo real
Belén Asad
En la entrega anterior, se planteó un dilema que hasta hoy no tiene solución definitiva. El problema de la interpretación de la física cuántica, que a pesar de numerosos intentos de llegar en estos últimos cien años, a alguna conclusión, no ha logrado dar una respuesta definitiva. En este artículo mostraré una de las posibles razones.
La tradición occidental arrastra desde antaño la idea de entidad como fundamento del ser. Desde Parménides, quien postuló que el ser es y el no ser no es, el ser se vio directamente vinculado con la idea de totalidad, sistema acabado, inamovible, idéntico a sí mismo y único. La lógica aristotélica, siguiendo este camino, planteó el principio de no-contradicción, el principio de identidad, y el principio de existencia, fundando así un modo muy particular de relacionarse con la realidad. Esa relación es la que aún está vigente y se plasma en el sentido común, ejerciendo un peculiar orden y poder. El lenguaje con el cual nos manejamos y aquellos imperativos lógicos con los cuales decodificamos la realidad, funcionan como tamices y filtros con los cuales describirla. Hasta la llegada de la mecánica cuántica, el mundo era pensado en términos clásicos newtonianos. La lógica y la matemática eran la perfecta correspondencia de la realidad, siendo sus principios tomados como absolutos.
En el ámbito de la física clásica (que tan unido al de la filosofía estuvo y que vuelve a unirse hoy) los términos utilizados para describir la realidad cómo objeto, materia, velocidad y posición, entre otros, están muy arraigados a aquello que Friedrich Nietzsche criticó. Dice al respecto:
“Nuestra subjetiva compulsión a creer en la lógica expresa tan sólo que, mucho tiempo antes de haber tenido conciencia de la lógica, no hemos hecho otra cosa que INTRODUCIR sus postulados en el acontecimiento. Ahora no podemos hacer otra cosa que encontrárnoslos en el acontecimiento y entonces suponer que esa compulsión garantiza algo sobre la <<verdad>>. Nosotros somos los que hemos creado <<la cosa>>, la <<cosa idéntica>>, el sujeto, el predicado, la acción, el objeto, la sustancia, la forma, después que hemos tratado al máximo de hacer igual, de hacer aproximado y simple. El mundo nos parece lógico, porque primero nosotros lo hemos logificado.”[1]
F. Nietzsche
¿Qué quiere decir con esto? Sumerjámonos primero, en la crítica nietzcheana a la tradición clásica tradicional.
Ante el abismo que implica la existencia, el hombre ha creado fundamentos; muletillas en los cuales descansar y sentirse seguro. En este sentido, ha creado el concepto de Dios, los principios lógicos, las leyes e imperativos en función de esa necesidad de orden; esa necesidad de no admitir que, como dijo Heidegger: “Estamos parados sobre la nada.”[2] El problema radica en que este hombre, creador de conceptos, interpretador, se ha olvidado que lo es. Se ha olvidado que él es el productor de aquello ante lo cual se arrodilla. Según Nietzsche, esos conceptos no son más que ficciones vacías; una “nada divinizada” y colocada en el papel regulador de la naturaleza y la moral, fundando así prácticas que son las que hoy en día aún quedan como remanentes, presas del lenguaje y las costumbres.
Nietzsche muere el mismo año en que la cuántica nace, iniciando sutilmente aquella tarea que el filósofo dejó para los espíritus futuros. La cuántica deconstruye la idea de que la ciencia produce Verdad, y obliga a considerar las relaciones, no en términos molares, sino moleculares. Se trata entonces de, a golpes de martillo, ir desbaratando el edificio de la metafísica desde sus cimientos para poder construir un nuevo concepto de realidad, que no se de ya en términos totales y actuales, dando paso a una ontología de lo potencial como real; de la diferencia y el acontecimiento. Un cambio tan profundo no afecta solo al ámbito de la epistemología, sino que modifica de raíz la ética, la política y la constitución del propio individuo para sí mismo. Es un cambio ontológico, por lo tanto molecular, de toda la realidad, que se expande de abajo hacia arriba abarcando toda relación de saber y de poder.
La cuántica de este modo, introduce algo nuevo; en términos Derrideanos[3] un Resto, que hace tambalear el edificio de la física y de la metafísica. Por primera vez la experiencia parece no concordar con las leyes de la física, hasta esos momentos incuestionable, y a pesar de más de un intento ad hoc en dar respuestas en términos clásicos, la cuántica sigue resistiéndose a tal hazaña.
¿Es posible una genealogía que, como bien plantea Foucault funcione como insurrección de los saberes contra los efectos de poder centralizadores que están ligados a la institución y al funcionamiento de un discurso filosófico y científico organizado dentro de la sociedad? Quiero decir que el problema tal vez, nunca dejó de radicar en este afán de apego a cierto discurso de poder ordenador y decodificador del mundo/realidad. La cuántica combate contra los efectos de poder propios de un discurso considerado como científico; rompe el sometimiento de los saberes históricos y los libera de un discurso teórico total, cerrado, formal y científico.
Esta es, a mi juicio, la importancia de que la mecánica cuántica siga operando como resto, es decir, que no se encuentre una interpretación en términos clásicos, haciendo así posible el abrir el campo de potencialidad hacia una nueva concepción ontológica y metafísica de la realidad.
[1] Nietzsche, F. “EL nihilismo, escritos póstumos” ed. Península.
[2] Heidegger, M. “¿Qué es metafísica?” ed. Siglo Veinte.
[3] Derrida, filósofo del siglo XX, creador del neologismo “deconstrucción”. Este término consiste en mostrar cómo se ha construido un concepto cualquiera a partir de procesos históricos y acumulaciones metafóricas (no se si explicar esto o que se entienda de una…)